La intensidad del esfuerzo podría ser tan importante como la diferencia entre hacer o no hacer ejercicio

Del grupo de investigación de Dong-Woo Kang, Departamento de Ciencias de la Salud Pública.

Desde hace tiempo se recomienda el ejercicio a las personas que están recibiendo tratamiento oncológico para combatir la fatiga, mantener la condición física y sostener la calidad de vida. Sin embargo, nuevas investigaciones del Centro Oncológico Fred Hutchinson sugieren que la forma en que se suele prescribir el ejercicio podría estar dejando de lado uno de sus mejores beneficios: su capacidad de potenciar la capacidad del sistema inmunitario para combatir el cáncer.

La revisión exploratoria, publicada en JNCI Cancer Spectrum, analizó 21 ensayos clínicos que estudiaron la relación entre la intensidad del entrenamiento físico y la concentración y la capacidad funcional de las células inmunitarias en pacientes con cáncer. Lo que hallaron fue que el ejercicio intenso producía efectos que usualmente no se lograban con el ejercicio más ligero. “En lo que respecta al ejercicio y la inmunidad en el cáncer, la intensidad del esfuerzo puede ser tan importante como el hecho de hacer ejercicio”, dijo el autor principal Dong-Woo Kang. “A lo largo de 21 ensayos clínicos, observamos un patrón bastante consistente: el entrenamiento de alta intensidad tenía más probabilidades de producir inmunomodulación sistémica, sobre todo en la actividad de las células asesinas naturales (o células NK, por sus siglas en inglés), mientras que las intensidades más bajas solían no producir cambios medibles o estos eran mínimos, particularmente en pacientes que se encontraban en tratamiento activo. Esto podría tener repercusiones en la forma en que recetamos el ejercicio a quienes tienen cáncer, en lugar de tratarlo como una recomendación única para todas las personas”.

Para entender por qué la intensidad podría ser importante, es útil comprender los efectos que tiene el ejercicio en el sistema inmunitario. La actividad física desencadena una cascada de señales biológicas, como la liberación de hormonas del estrés —llamadas catecolaminas— y las proteínas derivadas de los músculos —llamadas miocinas—, que movilizan las células inmunitarias y modifican su comportamiento. Una sola sesión de ejercicio aeróbico de intensidad moderada o alta inunda el torrente sanguíneo con células inmunitarias, sobre todo aquellas con capacidad inmediata para detectar y destruir amenazas. Con entrenamientos repetidos a lo largo de semanas o meses, estas respuestas inmediatas pueden consolidarse en cambios duraderos en la calibración del sistema inmunitario.

Entre los ensayos clínicos que utilizaron ejercicio de alta intensidad, cuatro de seis registraron una mayor actividad inmunitaria. En hombres con cáncer de próstata a la espera de cirugía, un programa de entrenamiento de intervalos de alta intensidad (HIIT) aumentó las células asesinas naturales dentro del propio tumor; y cuantas más sesiones completaban los pacientes, mayor era la presencia de células NK. En pacientes con leucemia linfocítica crónica, un programa vigoroso de entrenamiento aeróbico y de resistencia combinados aumentó el número de células NK circulantes e incrementó notablemente su capacidad para destruir células cancerosas; y en sobrevivientes de cáncer de mama posmenopáusicas, quince semanas de entrenamiento aeróbico intenso aumentaron la actividad citotóxica de las células NK en comparación con los resultados obtenidos solo con la atención habitual. En pacientes con mieloma múltiple en tratamiento de mantenimiento, un programa de entrenamiento intenso de cinco meses aumentó la proporción de linfocitos T activados en la médula ósea, y al final del estudio, ninguno de los pacientes que hacían ejercicio presentaba enfermedad residual detectable, en comparación con aproximadamente el 12 % del grupo de referencia. Asimismo, en pacientes sometidos a cirugía por sospecha de cáncer de pulmón de células no pequeñas, un breve programa preoperatorio de HIIT acortó la estancia hospitalaria y redujo las complicaciones posoperatorias; una de las señales clínicamente más tangibles de la revisión.

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Los entrenamientos de intensidades más bajas mostraron resultados más variables. Entre los pacientes que recibían quimioterapia activa o radioterapia, el ejercicio de intensidad baja a moderada frecuentemente no produjo cambios notables en las células inmunitarias circulantes. Una excepción importante: en pacientes con cáncer de esófago que recibían quimioterapia antineoplásica, el entrenamiento de intensidad moderada aumentó la infiltración de linfocitos T CD8⁺ en los tumores y promovió estructuras linfoides más maduras a su alrededor, lo que permite suponer que las intensidades más bajas aún pueden remodelar el entorno tumoral local aunque el torrente sanguíneo no muestre cambios.  El compartimiento sanguíneo, en particular, podría exigir un estímulo más intenso para modificarse.

Hay matices importantes. El momento del tratamiento en que se encontraban los pacientes (antes, durante o después) al igual que el tipo de cáncer, influyó claramente en los resultados. La quimioterapia y la radioterapia reprimen el sistema inmunitario, lo que puede atenuar la respuesta al ejercicio incluso a intensidades más altas. Además, en algunos estudios que utilizaron ejercicio de intensidad moderada a alta no se encontró ningún cambio inmunitario; un recordatorio de que los indicios siguen siendo heterogéneos y ofrecen un panorama incompleto.

Quizás uno de los hallazgos más importantes de este estudio es lo que falta en la literatura científica. A pesar de décadas de investigaciones sobre el ejercicio y la inmunidad en el cáncer, “ningún ensayo clínico ha comparado directamente dos intensidades de ejercicio diferentes en el mismo grupo de pacientes oncológicos”, indicó Kang. “Hasta que lo hagamos, estamos trabajando a partir de indicios indirectos. El campo necesita estudios de comparación directa con respuestas inmunitarias predefinidas y vinculadas a criterios de valoración clínicos como la recaída o la respuesta al tratamiento, antes de que podamos decirle con confianza a un paciente que una prescripción de ejercicio es mejor que otra”. Esta brecha importa porque los ensayos clínicos revisados aquí diferían no solo en la pauta de ejercicio, sino también en el tipo de cáncer, el tratamiento, las respuestas inmunitarias medidas, así como en las variables propias de las personas, como la edad y las enfermedades asociadas. Sacar conclusiones firmes a partir de estudios tan heterogéneos tiene limitaciones inherentes.

Esta investigación surge en un momento oportuno. Las inmunoterapias —fármacos que liberan o amplían la capacidad del propio sistema inmunitario para reconocer y destruir tumores— han transformado el tratamiento oncológico en la última década. Si el ejercicio intenso puede estimular de forma independiente los mismos mecanismos inmunitarios a los que se dirige la inmunoterapia, la combinación de ambos podría ser más potente que cualquiera de los dos enfoques por separado. “Con la expansión de las inmunoterapias en la atención del cáncer, determinar si el ejercicio —y qué tipo de ejercicio— podrían amplificar la respuesta inmunitaria es la pregunta que impulsa el trabajo actual de nuestro equipo de investigación”, afirma Kang.

Actualmente, su equipo está llevando a cabo tres ensayos clínicos diseñados para responder directamente a esa pregunta: los ensayos BOOST y ENHANCE (NCI) en pacientes con cáncer de pulmón que reciben inmunoterapia, y el ensayo DUO (World Cancer Research Fund/Instituto Americano para Investigación del Cáncer) en melanoma, que también examina cómo el ejercicio de alta intensidad interactúa con una dieta rica en fibra para modular el eje microbioma intestinal-sistema inmunitario. “Cada ensayo está diseñado para investigar no solo si el ejercicio modifica el sistema inmunitario durante el tratamiento oncológico, sino también si esos cambios se traducen en última instancia en mejores desenlaces clínicos para las personas”.

Esa traducción del biomarcador inmunitario al desenlace clínico sigue siendo la pregunta sin respuesta más urgente en este campo. Lo que este estudio deja en claro es que el ejercicio ya no es solo una recomendación de cuidados de apoyo, sino una intervención biológica con una dosis específica; y encontrar la dosis correcta podría ser tan importante como lograr que las personas hagan actividad física en primer lugar.


Esta investigación recibió financiamiento del Cancer Prevention Research Institute of Texas.

El Dr. Dong-Woo Kang —integrante del Consorcio Oncológico de Fred Hutch, la Universidad de Washington y el hospital Seattle Children's— contribuyó con esta investigación.

Kang, D. W., Courneya, K. S., Swartz, M. C., Maleki Vareki, S., Gordon, N. B., Rosa Neto, J. C., Simpson, R. J., Baker, K. S., Schadler, K. L. y LaVoy, E. C. (2026). Chronic exercise training intensity, immune cells, and cancer outcomes: a scoping review. JNCI cancer spectrum, 10(2), pkag021.

Darya Moosavi, PhD (ella)

La escritora de Science Spotlight, Darya Moosavi, es investigadora postdoctoral del grupo de investigación de Johanna Lampe en Fred Hutch. Darya estudia las sutiles conexiones entre la dieta, el epitelio intestinal y el microbioma intestinal en relación con el cáncer colorrectal utilizando métodos de alta dimensionalidad.