Los entrenamientos de intensidades más bajas mostraron resultados más variables. Entre los pacientes que recibían quimioterapia activa o radioterapia, el ejercicio de intensidad baja a moderada frecuentemente no produjo cambios notables en las células inmunitarias circulantes. Una excepción importante: en pacientes con cáncer de esófago que recibían quimioterapia antineoplásica, el entrenamiento de intensidad moderada aumentó la infiltración de linfocitos T CD8⁺ en los tumores y promovió estructuras linfoides más maduras a su alrededor, lo que permite suponer que las intensidades más bajas aún pueden remodelar el entorno tumoral local aunque el torrente sanguíneo no muestre cambios. El compartimiento sanguíneo, en particular, podría exigir un estímulo más intenso para modificarse.
Hay matices importantes. El momento del tratamiento en que se encontraban los pacientes (antes, durante o después) al igual que el tipo de cáncer, influyó claramente en los resultados. La quimioterapia y la radioterapia reprimen el sistema inmunitario, lo que puede atenuar la respuesta al ejercicio incluso a intensidades más altas. Además, en algunos estudios que utilizaron ejercicio de intensidad moderada a alta no se encontró ningún cambio inmunitario; un recordatorio de que los indicios siguen siendo heterogéneos y ofrecen un panorama incompleto.
Quizás uno de los hallazgos más importantes de este estudio es lo que falta en la literatura científica. A pesar de décadas de investigaciones sobre el ejercicio y la inmunidad en el cáncer, “ningún ensayo clínico ha comparado directamente dos intensidades de ejercicio diferentes en el mismo grupo de pacientes oncológicos”, indicó Kang. “Hasta que lo hagamos, estamos trabajando a partir de indicios indirectos. El campo necesita estudios de comparación directa con respuestas inmunitarias predefinidas y vinculadas a criterios de valoración clínicos como la recaída o la respuesta al tratamiento, antes de que podamos decirle con confianza a un paciente que una prescripción de ejercicio es mejor que otra”. Esta brecha importa porque los ensayos clínicos revisados aquí diferían no solo en la pauta de ejercicio, sino también en el tipo de cáncer, el tratamiento, las respuestas inmunitarias medidas, así como en las variables propias de las personas, como la edad y las enfermedades asociadas. Sacar conclusiones firmes a partir de estudios tan heterogéneos tiene limitaciones inherentes.
Esta investigación surge en un momento oportuno. Las inmunoterapias —fármacos que liberan o amplían la capacidad del propio sistema inmunitario para reconocer y destruir tumores— han transformado el tratamiento oncológico en la última década. Si el ejercicio intenso puede estimular de forma independiente los mismos mecanismos inmunitarios a los que se dirige la inmunoterapia, la combinación de ambos podría ser más potente que cualquiera de los dos enfoques por separado. “Con la expansión de las inmunoterapias en la atención del cáncer, determinar si el ejercicio —y qué tipo de ejercicio— podrían amplificar la respuesta inmunitaria es la pregunta que impulsa el trabajo actual de nuestro equipo de investigación”, afirma Kang.
Actualmente, su equipo está llevando a cabo tres ensayos clínicos diseñados para responder directamente a esa pregunta: los ensayos BOOST y ENHANCE (NCI) en pacientes con cáncer de pulmón que reciben inmunoterapia, y el ensayo DUO (World Cancer Research Fund/Instituto Americano para Investigación del Cáncer) en melanoma, que también examina cómo el ejercicio de alta intensidad interactúa con una dieta rica en fibra para modular el eje microbioma intestinal-sistema inmunitario. “Cada ensayo está diseñado para investigar no solo si el ejercicio modifica el sistema inmunitario durante el tratamiento oncológico, sino también si esos cambios se traducen en última instancia en mejores desenlaces clínicos para las personas”.
Esa traducción del biomarcador inmunitario al desenlace clínico sigue siendo la pregunta sin respuesta más urgente en este campo. Lo que este estudio deja en claro es que el ejercicio ya no es solo una recomendación de cuidados de apoyo, sino una intervención biológica con una dosis específica; y encontrar la dosis correcta podría ser tan importante como lograr que las personas hagan actividad física en primer lugar.