El sistema inmunitario no responde de la misma manera en todas las personas. Aunque las vacunas lo entrenan, el cuerpo de algunas personas genera una respuesta de anticuerpos mucho más fuerte que el de otras. Durante mucho tiempo, los equipos de investigación han tenido la sospecha de que esta variabilidad era importante, pero no ha sido fácil determinar si puede predecir algo clínicamente grave: no cualquier infección por COVID-19, sino la COVID-19 grave, esa que termina con la persona en un hospital, conectada a un respirador, o algo peor.
El problema siempre han sido las cifras. La enfermedad grave por COVID-19 es, afortunadamente, infrecuente entre las personas vacunadas, y los incidentes infrecuentes son estadísticamente difíciles de estudiar. Los equipos de investigación necesitan una cifra significativa de casos graves antes de poder sacar conclusiones fiables sobre qué los predice, y la mayoría de los ensayos de vacunas nunca acumulan una cantidad suficiente de datos.
Un reciente análisis —liderado por el Dr. Youyi Fong y sus colegas del Centro Oncológico Fred Hutchinson, y publicado en Clinical Infectious Diseases— tuvo la inusual oportunidad de responder esta pregunta de manera directa. El seguimiento del ensayo PREVENT-19 coincidió con la aparición de la variante delta, la cual resultó causar suficientes infecciones posvacunación —que incluyeron 11 casos graves— como para finalmente permitir un análisis real de si los niveles de anticuerpos predicen la enfermedad grave y no solo la infección en general.
Los resultados fueron sorprendentes. Entre la población de participantes que llegaron a padecer COVID-19 grave, los niveles promedio de anticuerpos neutralizantes medidos dos semanas después de la vacunación eran 20 veces más bajos que en las personas que nunca se infectaron. El 98 % de las personas que se mantuvieron sanas tenían anticuerpos neutralizantes detectables contra la variante delta; entre quienes padecieron la enfermedad grave, solo los tenía alrededor de un 63 %.
En este ensayo, casi todos los casos de COVID-19 grave se presentaron entre quienes tenían los niveles más bajos de anticuerpos, mientras que no se registró ningún caso entre las personas con los niveles más altos de anticuerpos, aunque la cifra de casos graves fue pequeña. Desde un punto de vista estadístico, cada aumento de 10 veces en la cantidad de anticuerpos se asoció con una reducción del 85 al 90 % en el riesgo de padecer la enfermedad grave; una relación mucho más fuerte que la observada previamente entre los niveles de anticuerpos y la infección de cualquier gravedad.
Los niveles de anticuerpos resultaron mucho menos predictivos de si alguien presentaba una infección posvacunación que de si esa infección llegaba a ser grave; incluso las personas con niveles altos de anticuerpos, en algunos casos, contrajeron la variante delta. Sin embargo, la enfermedad grave se concentró casi por completo entre las personas con los niveles más bajos de anticuerpos tras la vacunación.